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Futuro de la gran banca de EEUU está en manos de la Casa Blanca y la Fed

Futuro de la gran banca de EEUU está en manos de la Casa Blanca y la Fed. El futuro de las principales firmas de Wall Street está condicionado por las elecciones presidenciales del próximo mes de noviembre y por la política monetaria de la Reserva Federal.

Las principales entidades bancarias de Estados Unidos comenzaron el año con viento a favor. La Reserva Federal (Fed) había subido en diciembre los tipos de interés poniendo fin a una era de casi diez años de dinero gratis, los bancos afrontaban el nuevo ejercicio saneados y reestructurados, el consumo en Estados Unidos se impulsaba como señal de una consolidada recuperación y sectores clave como el inmobiliario o la venta de coches mostraban signos de crecimiento.

Todo este positivo escenario se desvaneció como el humo en las primeras semanas del año, cuando los mercados de todo el mundo se desplomaron en una señal de que 2016 iba a ser un ejercicio difícil y plagado de retos. La volatilidad de las bolsas y las incertidumbres globales a las que después se sumó el Brexit obligaron a revisar las perspectivas internacionales de crecimiento. Como consecuencia, la Fed paralizó sus planes de una subida paulatina de tipos y dejó a los grandes bancos de Estados Unidos en medio de una tormenta perfecta que se ha dejado ver en sus cuentas.

Escenario de caídas Aunque la mayoría de los bancos ha logrado superar las estimaciones de los analistas en el segundo trimestre del ejercicio, los resultados reflejan una caída conjunta del beneficio del 14% entre enero y junio, hasta algo más de 41.000 millones de dólares (37.200 millones de euros), con un recorte de los ingresos del 7%, hasta menos de 200.000 millones.

Solo Wells Fargo, el mayor banco por capitalización bursátil, ha logrado impulsar sus ganancias en el primer semestre, mientras Citigroup, Morgan Stanley y Goldman Sachas han registrado descensos superiores a los dos dígitos.

Los resultados se han visto especialmente arrastrados por la evolución del primer trimestre, cuando negocios estrella como la banca de inversión se vieron paralizados. La incierta situación de los mercados bloqueó también la actividad de fusiones y adquisiciones (M&A), en cuyo asesoramiento los bancos americanos juegan un papel clave. El escenario ha reactivado los recortes y bancos de inversión como Goldman Sachs y Morgan Stanley tienen en marcha planes de reducción de plantilla durante 2016, dejando inacabado el goteo de despidos que se inició hace ocho años.

Como buena noticia, la Fed ha aprobado los test de estrés de las seis principales entidades y solo Morgan Stanley tiene que presentar modificaciones a sus planes de contingencias. Estos exámenes anuales determinan la capacidad de la banca para enfrentarse a situaciones de crisis y su resultado es fundamental para que puedan continuar adelante con sus planes de retribución al accionista y recompra de acciones.

Aun así, la volátil situación y la dificultad para acertar con los futuros escenarios están debilitando a los bancos en Bolsa. Hoy, ninguna entidad financiera figura en la clasificación de las diez mayores compañías de Estados Unidos por valor bursátil, una situación inédita. El último banco en caer del ránking ha sido Wells Fargo, que se ha visto desplazado por la operadora de telecomunicaciones AT&T. Las acciones de los grandes bancos acumulan caídas superiores al 10% en lo que va de año.

Por si fuera poco, Wall Street se enfrenta a las elecciones presidenciales más inciertas en la historia de Estados Unidos. Ninguno de los dos candidatos posibles, el republicano Donald Trump y la demócrata Hillary Clinton, se muestra muy favorables a sus intereses y, en el giro populista que está tomando el país, ambos aspirantes coinciden en un discurso que busca alejarse de las grandes entidades de Wall Street.

Candidatos La mayor incertidumbre, en cualquier caso, la representa Trump. Pese a su condición de empresario, el magnate está buscando convencer a los estadounidenses de que es “la voz del pueblo” y se ha mostrado en contra de las entidades consideradas demasiado grandes para caer, un mensaje que va directo a la línea de flotación de los bancos. Además, ha planteado recuperar la ley Glass-Steagall, que separó la banca comercial de la banca de inversión y que fue derogada por Bill Clinton en 1999, y ha criticado con fiereza a Hillary Clinton por recibir financiación de Wall Street. Como puntilla, el candidato republicano defiende una política de bajos tipos de interés.

Preocupados ante la incertidumbre política y económica que podría desatar Trump, las donaciones de los empleados de los grandes bancos americanos se han dirigido de forma mayoritaria a la campaña de Clinton, que ha recibido 27 millones de dólares de Wall Street, frente a los 280.000 dólares de Trump. Pese a que puede ser la opción menos mala para ellos, la política demócrata ha girado su discurso hacia la izquierda y cuenta con un plan de reforma del sistema bancario que incluye mayor intervencionismo y control.